El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

do con todas sus fuerzas, mientras caían por el aire y desaparecían en el largo y tortuoso gaz- nate del ave, que se los tragaba todavía vivos. Ya sabéis que un héroe debe estar siempre preparado para hacer frente a cualquier des- tino; y no hay duda de que alcanzar la gloria es un consuelo para él, aunque sea en el estóma- go de una grulla. Si Anteo observaba que sus pequeños aliados iban perdiendo la batalla, dejaba de reír y corría en su ayuda dando enormes zancadas, blandiendo su mazo en lo alto y gritando a las grullas, que se retiraban graznando todo lo rápido que podían. Enton- ces el ejército pigmeo regresaba victorioso al hogar, atribuyendo la victoria únicamente a su gran valor, a su destreza con las armas y a la hábil estrategia de quien fuese en aquel mo- mento su capitán general. Y durante algún tiempo parecían celebrarse únicamente gran- des desfiles, banquetes, brillantes luminarias y exposiciones de figuras de cera, que guarda- ban semejanza con los oficiales más heroicos.

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