El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
turas. Por esta razón, me siento inclinado a pensar que montaban a lomos de ardillas, co- nejos o ratas, aunque tal vez fueran erizos, pues sus afiladas púas resultarían mucho más peligrosas para el enemigo. Sea como fuere, tengo la certeza de que su aparición era todo un espectáculo, armados con espadas y lanzas, arcos y flechas, tocando sus diminutas trom- petas, lanzando sus pequeños gritos de gue- rra. Nunca dejaban de darse ánimos unos a otros para seguir luchando con bravura, recordando que los ojos del mundo estaban puestos en ellos; aunque, si hemos de ser sinceros, el único espectador era Anteo, con aquel estúpi- do y gigantesco ojo en mitad de la frente. Cuando los dos ejércitos se encontraban en el fragor de la batalla, las grullas avanzaban ba- tiendo sus alas, mientras estiraban el pescue- zo y atrapaban a varios pigmeos con su pico. Cada vez que esto ocurría, os aseguro que era terrible ver a aquellos hombrecillos patalean-
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx