El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
y sus brincos, hasta que los pequeños logra- ban despertar del todo su inmenso, lento y torpe ingenio; entonces, soltaba una carcajada tan sonora que toda la nación pigmea se veía obligada a taparse los oídos para no quedarse sorda. -¡Ja, ja, ja! -reía el gigante mientras sus monta- ñosos costados se estremecían -. ¡Qué divertido es ser tan diminuto! Si no fuera Anteo, me encantaría ser un pigmeo y pasarlo tan bien como ellos. A los pigmeos solo parecía inquietarles una cosa en el mundo: estaban continuamente en guerra contra las grullas y, tal como recordaba el viejo gigante, siempre había sido así. De vez en cuando, se producían violentos combates, que unas veces ganaban los diminutos hom- brecillos y otras, las grullas. Según algunos his- toriadores, los pigmeos generalmente acudían a la batalla montados a lomos de cabras y car- neros; sin embargo, aquellos animales eran demasiado grandes para tan minúsculas cria-
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