El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

habría alegrado ver a los niños escondiéndose entre sus cabellos o columpiándose en su barba. Es imposible contaros todas las travesu- ras que hacían con su descomunal amigo. Pero la escena más singular era cuando se veía a un grupo de niños haciendo carreras en su frente, tratando de ser los primeros en rodear el enorme círculo de su único ojo. Otra de sus di- versiones favoritas era caminar por encima de su nariz y saltar sobre el labio superior. Debemos decir, en honor a la verdad, que a veces los pigmeos resultaban tan molestos como un enjambre de mosquitos, pues les gustaba hacer demasiadas diabluras, y a me- nudo clavaban sus diminutas espadas y lanzas en la piel del pobre gigante, con el fin de com- probar lo gruesa y dura que era. Pero Anteo no se enfadaba nunca, aunque, de vez en cuando, si se encontraba adormilado, refunfu- ñaba un poco, lo que recordaba al lejano re- tumbar de una tormenta, y les pedía que deja- ran de hacer tonterías. Sin embargo, lo más frecuente era verle contemplar sus diversiones

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