El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
tros; por esta razón, necesita que velemos por su felicidad y bienestar. Seamos amables con él. Si la Madre Tierra no hubiera sido tan gene- rosa con nosotros, quizá habríamos podido ser gigantes como Anteo. Cuando no tenían que trabajar, los pigmeos se divertían jugando con él. A menudo se echaba sobre el suelo y un pigmeo algo paticorto ne- cesitaba más de una hora para llegarle de la cabeza a los pies, como si el gigante fuera una larga cordillera. Anteo solía poner la enorme palma de su mano sobre la hierba y desafiaba al pigmeo más alto a trepar por ella y saltar de un dedo a otro. Y aquellos diminutos seres eran tan intrépidos que, como si fuera lo más natural del mundo, andaban a gatas entre los pliegues de sus ropajes. Cuando Anteo apoya- ba su cabeza en la tierra, escalaban audaz- mente, asomándose a la gran caverna de su boca y, si el gigante cerraba súbitamente sus mandíbulas, como si fuera a engullir a cin- cuenta pigmeos a la vez, todos reían diverti- dos, pues se trataba de un simple juego. Os
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx