El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
accidentes de los que nadie es culpable, por lo que las pequeñas criaturas no se lo tuvieron en cuenta, y se limitaron a pedir al gigante que pusiera más cuidado a la hora de elegir dónde se sentaba. Resulta realmente gracioso imaginar a Anteo de pie entre los pigmeos, como si fuera la aguja de la catedral más alta jamás construida, mientras estos corrían al igual que hormigas entre sus pies. ¡Y pensar que, a pesar de su di- ferencia de tamaño, no existía más que cariño y simpatía entre ellos! Siempre he creído que el gigante necesitaba mucho más a aquellos seres diminutos de lo que ellos le necesitaban a él. Pues, de no haber sido sus vecinos, amigos y compañeros, Anteo habría estado completa- mente solo en el mundo. Jamás había existido otro gigante como él. Ninguna criatura de su tamaño se le había acercado para dirigirle su estruendosa voz.
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