El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

te sabio para dejarles manejar solos sus pro- pios asuntos; a fin de cuentas, es lo mejor que pueden hacer los poderosos por los débiles. En pocas palabras, tal como he explicado con anterioridad, Anteo quería a los pigmeos y estos querían a Anteo. Como la vida del gigan- te había sido tan larga como alto era su cuer- po, y la vida de un pigmeo apenas duraba un abrir y cerrar de ojos, aquella estrecha rela- ción se había mantenido a lo largo de innume- rables épocas y generaciones. Era una amistad que habían recogido las crónicas pigmeas y de la que hablaban sus más antiguas tradiciones. El más anciano y venerable de los pigmeos no recordaba época en la que su pueblo no hu- biera contado con la amistad del gigante, ni si- quiera en vida de su más remoto antepasado. Es cierto que en una ocasión (tal como conme- mora un obelisco de un metro de altura erigi- do en el lugar de la catástrofe), Anteo se había sentado sobre unos cinco mil pigmeos, allí reunidos para contemplar un desfile militar. Pero aquel fue uno de esos desafortunados

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