El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
más grande de sus ciudades sin apenas perca- tarse de lo que hacía. Con el tornado de su aliento, podría haberse llevado por los aires los tejados de cien moradas, mandando a sus pobres habitantes a dar vueltas y vueltas por el aire. Podría haber pisado a una auténtica multitud, y no hay duda de que, al levantar su gigantesco pie, el espectáculo habría sido lasti- moso. No obstante, al ser hijo de la Madre Tierra como ellos, los trataba con fraternal cariño, amándolos con todo el amor que es posible sentir por unas criaturas tan menudas. Por su parte, los pigmeos querían al gigante con todo el afecto del que eran capaces sus diminutos corazones. Anteo siempre estaba dispuesto a correr en su ayuda; así, por ejemplo, si necesi- taban viento para sus molinos, el gigante, con su simple respiración, hacía girar las aspas a una gran velocidad. Cuando el calor apretaba, Anteo se sentaba para proyectar su sombra sobre el reino, refrescando a todos los habi- tantes. A pesar de todo, era lo suficientemen-
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