El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

centro de su frente. A los pigmeos les encantaba hablar con Anteo; y cincuenta veces al día, uno u otro alzaban la cabeza y gritaban a todo pulmón: -¡Hola, hermano Anteo! ¿Cómo estás, mucha- cho? Y, cuando aquella vocecilla lejana llegaba hasta sus oídos, el gigante respondía: -Muy bien, hermano pigmeo, muchas gracias. Y era tan atronadora su voz que, de no haber surgido de un lugar tan distante, habría de- rrumbado las paredes de su más sólido tem- plo. Era una feliz circunstancia que Anteo fuera amigo del pueblo pigmeo, pues había mucha más fuerza en su dedo meñique que en diez millones de aquellos minúsculos cuerpecillos. Si el gigante hubiera sido tan malvado con ellos como lo era con el resto del mundo, ha- bría podido destrozar de una sola patada la

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