El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
¡Habríais podido esconder a un niño de un año debajo de un dedal! Pues bien, esos graciosos pigmeos, tal como os he contado antes, vivían junto a un gigante al que querían como a un hermano y podría- mos afirmar que este era más grande que di- minutos ellos, si fuera posible comparar ambas peculiaridades. Su estatura era tan ele- vada que llevaba por bastón un pino de dos metros y medio de altura. Y puedo aseguraros que un pigmeo con buena vista necesitaba la ayuda de un telescopio para divisar su cabeza; y algunas veces, cuando había niebla, solo po- dían ver sus largas piernas, que parecían andar solas. Sin embargo, al mediodía, cuando el tiempo estaba despejado y el sol le iluminaba con sus rayos, el gigante Anteo era todo un es- pectáculo. Allí podía vérsele, un hombre como una montaña, contemplando a sus pequeños hermanos con su rostro sonriente, mientras dirigía un amistoso guiño a toda la nación pig- mea con aquel extraordinario y único ojo, tan grande como la rueda de un carro, justo en el
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