El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
mismo tamaño que uno de los macizos de flo- res de Arándano. Era allí donde los pigmeos acostumbraban a plantar trigo y otros cereales que, al crecer y madurar, proyectaban su som- bra sobre aquel pueblo diminuto, de igual modo que los pinos, los robles, los nogales y los castaños ensombrecen nuestro paso cuan- do caminamos por los senderos del bosque. En aquel tiempo de la cosecha, se veían obli- gados a cortar el grano con sus hachas, exacta- mente como lo hace un leñador al abrir un claro en el bosque. Y, cuando una espiga de trigo, con su cabeza repleta de grano, caía por puro azar sobre un desafortunado pigmeo, era muy probable que sucediera una verdadera desgracia; pues, si no quedaba aplastado bajo su peso, sin duda al menos sí sufriría un fuerte dolor de cabeza. ¡Oh, cielos! Si los padres y las madres eran así de diminutos, ¿cómo serían los niños y los recién nacidos? Una familia en- tera podría acostarse en un zapato o cabría dentro de un viejo guante, donde jugaría al es- condite entre el pulgar y el resto de sus dedos.
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