El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

dradas con minúsculos guijarros y rodeadas de diminutas viviendas del tamaño de una jaula de ardillas. El palacio real alcanzaba las majes- tuosas dimensiones de la casita de muñecas de Pimpinela, y se levantaba en el centro de una espaciosa plaza, que a duras penas cubri- ría la alfombra que tenemos al pie de la chi- menea. Su templo más importante o catedral era tan alto como un escritorio y para ellos era un edificio sublime y maravilloso. Los pigmeos no utilizaban la piedra ni la madera en sus construcciones sino una mezcla de paja, plu- mas, cáscara de huevo y pequeños fragmentos de otros materiales, que los obreros fijaban hábilmente, como si fueran nidos de pájaro, con una arcilla endurecida en lugar de argama- sa. Y, cuando el sol abrasador secaba sus muros, resultaban tan acogedoras y conforta- bles que un pigmeo no podía desear nada más. Los campos que rodeaban la ciudad habían sido convenientemente divididos en pequeñas parcelas, la mayor de las cuales tendría casi el

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