El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
unas a otras con gran apariencia de asombro-. ¡Un par de sandalias que vuelan! Pero ¿no comprende que si cometiera la locura de po- nerse semejante calzado, los pies le echarían a volar por encima de la cabeza? ¡Y un yelmo de invisibilidad! ¿Cómo puede un yelmo hacer in- visible a un hombre, a no ser que le cubra de pies a cabeza? ¡Y, por si fuera poco, un saco encantado! ¿Qué clase de bolso será ese? No, no, buen amigo; no podemos decirte nada de esas maravillas. Tú tienes tus dos ojos y noso- tras uno para las tres; mejor podrás tú que no- sotras, pobres mujeres ciegas, encontrar todo lo que buscas. Perseo, oyéndolas hablar de aquel modo, em- pezó a creer que, en realidad, las tres mujeres grises no sabían nada de lo que les pregunta- ba, y le daba pena haberlas puesto en apuro tan grande; tanto que ya estaba a punto de devolverles el ojo pidiéndoles perdón por las molestias que les había causado; pero Azogue le sujetó la mano.
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