El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
mentos a esa parte de la isla. Y todos pudieron verle, a pesar de la distancia que los separaba, por el brillante resplandor de los rayos de luna al caer sobre su pulida superficie. Sin embar- go, como aquella colosal figura avanzaba de forma mecánica, sin poder aumentar ni dismi- nuir la velocidad de sus enormes zancadas, llegó al puerto justo cuando los atenienses se hallaban fuera del alcance de su poderoso mazo. Aun así, colocó las piernas en un eleva- do promontorio, como era su costumbre, e in- tentó dar un buen golpe a la nave; pero lo único que consiguió fue perder el equilibrio y caer cuan largo era de bruces al mar, salpican- do a gran altura, como un iceberg al girar sobre sí mismo. Y allí continúa todavía, y quien desee enriquecerse con ese bronce tendrá que bajar hasta el fondo del mar en una campana de aire y sacar a Talos a la superficie. En el viaje de regreso, los catorce jóvenes se mostraron de excelente humor, como era de esperar. Pasaron la mayor parte del tiempo bailando, excepto cuando la nave se escoraba
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