El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
hay duda de que Teseo le odiaba, y se estre- meció ante su visión, y sin embargo, a pesar de ello, sintió una profunda lástima por aque- lla criatura tan fea y despreciable. Pues no de- jaba de dar grandes zancadas de un lado para otro, en un paroxismo de furor, profiriendo roncos mugidos, que parecían entremezclarse con palabras a medio formular. Después de es- cucharlo algún tiempo, Teseo comprendió que el Minotauro se repetía a sí mismo lo desgra- ciado que era, lo hambriento que estaba, el odio que sentía por el mundo y cómo le gusta- ría comerse viva a toda la humanidad. ¡Ay! ¡Qué perversa criatura con cabeza de toro! Algún día comprenderéis, mis queridos pequeños (como lo hago yo ahora), que, cuan- do un ser humano deja penetrar el mal en su interior y permite que este se instale ahí, es en cierta medida un Minotauro, un enemigo de los demás hombres, alejado de toda buena compañía, al igual que aquel desgraciado monstruo.
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