El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
El joven príncipe cogió el hilo de seda con su mano izquierda, mientras desenvainaba su es- pada de empuñadura dorada y se internaba audazmente en el inescrutable laberinto. Sería incapaz de explicaros cómo había sido cons- truido, pues era lo más enrevesado e ingenio- so que el mundo ha visto jamás. Nada puede haber más intrincado y complejo, si exceptua- mos el cerebro de un hombre como Dédalo (que fue quien lo concibió) o el corazón de un ser humano común y corriente (sin duda diez veces más misterioso que el laberinto de Creta). Aún no había dado Teseo ni cinco pasos cuando perdió de vista a Ariadna; cinco pasos más, y la cabeza empezó a darle vueltas. Pero continuó caminando y a veces se arras- traba para pasar por debajo de un arco de es- casa altura o subía unos peldaños, mientras avanzaba por tortuosos pasadizos, con puertas que se abrían a su paso o se cerraban a sus es- paldas; y llegó un momento en el que tuvo la impresión de que las paredes giraban, obligán- dole a dar incesantes vueltas, como si estuvie-
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