El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-¡No! -repuso el príncipe-. Nunca abandonaré Creta sin haber matado antes al Minotauro y salvado a mis desgraciados compañeros; he de librar a Atenas de este cruel tributo. -Sabía que esta iba a ser tu respuesta -afirmó Ariadna-. Ven conmigo, valiente Teseo. He aquí la espada que los soldados te arrebata- ron; la necesitarás. Lo único que ruego al cielo es que hagas buen uso de ella. Ariadna le cogió de la mano y le guio hasta una oscura y sombría cueva, mientras la luna malgastaba su luz en la cima de los árboles, en lugar de iluminar el sendero por el que los jó- venes caminaban. Después de avanzar un buen rato a través de la oscuridad, llegaron a un inmenso muro de mármol, cubierto de plantas trepadoras, de un verdor que le daba a todo un aspecto extremadamente frondoso. El muro se elevaba a gran altura, imponente y misterioso, pero no parecía tener puertas ni ventanas. Teseo advirtió que no solo resultaba

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