El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

abiertos, se puso a recorrer de un lado a otro la lúgubre mazmorra donde los habían ence- rrado. Justo antes de la medianoche, alguien abrió suavemente la puerta, y la dulce Ariadna apa- reció en el umbral con una antorcha en la mano. -¿Estás despierto, príncipe Teseo? -susurró. -Sí -respondió este-. Me queda tan poco tiem- po de vida que no deseo desperdiciar ni un solo segundo durmiendo. -Entonces, sígueme -añadió Ariadna-. Pero anda con gran sigilo. Teseo no llegó a saber jamás qué había ocurri- do con el carcelero y con los centinelas, pues Ariadna fue abriendo una a una todas las puertas, conduciéndole desde la oscura pri- sión hasta la hermosa luz de la luna. -Teseo -dijo la joven-, ahora debes embarcar en vuestra nave y zarpar rumbo a Atenas.

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