El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

considerar a aquellos pobres prisioneros, con- denados a una muerte tan cruel, con senti- mientos muy distintos a los de su despiadado padre. Y no podía sino llorar al ver cuánta feli- cidad humana iba a ser desperdiciada inútil- mente entregando a aquellos atenienses, que se hallaban en la flor de la juventud, a las fau- ces de una monstruosa criatura que, sin duda, preferiría un hermoso buey o incluso un cerdo bien alimentado al más rollizo de aquellos mu- chachos. Al contemplar la gallarda figura de Teseo y la serenidad con que se enfrentaba a un peligro tan terrible, sintió aumentar la pie- dad que invadía su alma. Cuando los guardias se llevaron al joven, Ariadna corrió a postrarse a los pies del rey y le rogó que dejara en liber- tad a todos los cautivos, especialmente a Teseo. -¡Tranquilízate, ridícula niña! -repuso el rey Minos-. Esto no es de tu incumbencia. Es un asunto de Estado que escapa a tu débil com- prensión. Ve a regar las flores y deja de pensar en esos despreciables atenienses, pues tan

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