El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
entre las rocas azotadas por el mar, que pare- cían a punto de romperse bajo su peso y desa- parecer entre la espuma de las olas. Al acer- carse al puerto, vieron al gigante detenerse y colocar las piernas en los dos promontorios que bordeaban la entrada; levantando su mazo a tal altura que las nubes ocultaron el extremo superior, se quedó inmóvil en aquella terrible postura, mientras los rayos del sol ilu- minaban su superficie metálica. Y todos imagi- naron que, en breves instantes, soltaría con fuerza su inmenso garrote y, de un solo golpe, rompería en mil pedazos el barco, sin prestar la menor atención a las numerosas víctimas inocentes que perderían la vida; pues los gi- gantes no suelen ser demasiado compasivos y mucho menos si son una pieza de relojería fa- bricada en bronce. Sin embargo, justo en el momento en que Teseo y sus compañeros pensaban recibir el golpe, los labios de bronce del gigante se abrieron para preguntar: -¿De dónde venís, forasteros?
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