El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

ravilloso, al pasar a su mano, lució más brillan- te que nunca y pareció mirarle a la cara con aire de inteligencia, con la misma expresión que si hubiese tenido párpados para hacer un guiño. Las tres mujeres grises no sabían nada de lo que había sucedido y, suponiendo cada una de ellas que el ojo estaba en poder de una de las otras, empezaron de nuevo a discutir. Por fin, Perseo no quiso que las pobres viejas se insultasen más de lo necesario y creyó que había llegado el momento de las explicacio- nes. -Señoras mías -dijo-, tengan ustedes la bondad de no enfadarse unas con otras. Si hay algún culpable, ese soy yo, porque tengo el honor de llevar en la mano vuestro brillante y maravillo- so ojo. -¡Tú, tú tienes nuestro ojo! ¿Y quién eres tú? - chillaron a un tiempo las tres mujeres grises. Porque, naturalmente, se asustaron muchísi- mo al oír una voz extraña y comprender que su vista había caído en manos de no sabían

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