El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

el ojo a Espanto. Pero como ambas estaban ciegas, no conseguían llegar a la mano de su hermana; y, como en aquel momento Espanto estaba tan ciega como ellas, tampoco acertaba a poner el ojo en sus manos. Así, como fácil- mente comprenderéis, las tres viejas estaban en grandísimo apuro. Porque, aunque el ojo brillaba y refulgía como una estrella, a ninguna de las tres mujeres alcanzaba una sola chispa de su luz, y estaban todas en la más completa oscuridad por su demasiada impaciencia por ver. A Azogue le divertía tanto ver a Pesadilla y a Quebrantahuesos esforzándose en vano por encontrar a su hermana Espanto que apenas podía contener la risa. -Ha llegado el momento -dijo en voz muy baja a Perseo-. ¡Rápido, rápido, antes de que algu- na pueda pescar el ojo! ¡Quítaselo de la mano! Y en un instante, mientras las tres mujeres gri- ses seguían disputando, Perseo saltó de detrás de la zarza y se apoderó de la presa. El ojo ma-

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