El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
-Hijo mío, ya ves que las velas son negras; y no podrían ser de otro color, pues este es un viaje de dolor y desesperación. Soy un hombre de- masiado enfermo y quizá haya muerto cuando la nave regrese. Pero, mientras viva, subiré todos los días hasta la cima de aquel acantila- do para ser el primero en avistar tu nave en el horizonte. Mi querido Teseo, si tuvieras la suerte de escapar a las fauces del Minotauro, te ruego que destruyas esas lúgubres velas para izar otras tan brillantes como la luz del sol. Así, cuando las veamos en el horizonte, sabre- mos que regresáis victoriosos; y nunca Atenas habrá recibido a nadie con mayor albo- rozo. Teseo prometió obedecerle y, una vez a bordo, los marineros orientaron las oscuras velas hacia el viento, que soplaba débilmente desde la costa, y parecía provenir de los innu- merables suspiros que los atenienses exhala- ban en aquella triste ocasión. Mas poco a
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