El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Una mañana, cuando se despertó, tuvo la sen- sación de haber soñado algo muy triste, que le seguía dando vueltas en la cabeza, incluso ahora que tenía los ojos bien abiertos. El aire parecía impregnado de tristes lamentos; si es- cuchaba con mayor atención, podía oír sollo- zos, gemidos y gritos de dolor, entremezclados con hondos suspiros, que provenían del pala- cio real, de las calles, de los templos y de cada una de las casas de la ciudad. Y aquel descon- suelo que brotaba de tantos corazones dife- rentes parecía haberse convertido en un único alarido de dolor, tan fuerte y profundo que le había despertado de su sueño. Vistiéndose todo lo rápido que pudo (y sin olvidar sus san- dalias ni su espada de empuñadura dorada), corrió a preguntarle al rey Egeo qué significa- ba todo aquello. -¡Ay, hijo mío! -suspiró este-. Se trata de un asunto muy penoso. Hoy es el día más triste del año, pues debemos echar a suertes qué muchachos y qué muchachas atenienses vamos a enviar al terrible Minotauro para que
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