El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

ravilloso espectáculo, gritaron de alegría ante la perspectiva de librarse de ella. Medea, a punto de explotar de rabia, siseó de un modo muy parecido a sus serpientes, aunque mucho más violento y malévolo; lanzando furiosas mi- radas entre las llamaradas del carruaje, agitó sus manos sobre la multitud, como si estuvie- se profiriendo un millón de maldiciones. Al hacer esto, se le cayeron alrededor de qui- nientos diamantes de gran valor, mil hermosas perlas, dos mil esmeraldas, rubíes, zafiros, ópalos y topacios, que había robado de la caja fuerte de su esposo. Y todas aquellas joyas fueron a parar como un pedrisco de múltiples colores en la cabeza de niños y adultos, que empezaron a recogerlas sin dilación para de- volverlas al palacio. El rey Egeo les dijo, sin embargo, que se quedaran con ellas, y que si tuviera el doble también se las regalaría, tan grande era su alegría por haber encontrado a su hijo y haber perdido a Medea. Y, si hubie- rais visto las miradas de odio de esta mientras el carruaje de fuego ascendía hacia el cielo,

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