El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

pitado-. Mereces recibir un vino así de mi pro- pia mano. Teseo extendió su brazo para coger la copa. Pero, antes de llegar a tocarla, el rey Egeo tembló de nuevo. Sus ojos se habían posado en la espada con empuñadura de oro que col- gaba a un costado del joven. El monarca volvió a retirar la copa. -¡Esa espada! -exclamó-. ¿Cómo ha llegado hasta ti? -Pertenecía a mi padre -replicó Teseo, con voz trémula-. Y estas son sus sandalias. Etra, mi querida madre, me contó su historia cuando era pequeño. Hace solamente un mes, logré levantar la enorme roca y coger la espada y las sandalias que se hallaban debajo de ella, con el fin de ir al encuentro de mi padre. -¡Hijo mío! ¡Hijo mío! -gritó el rey Egeo, arro- jando la copa mortal y descendiendo tamba- leante del trono para caer en los brazos de Te- seo-. Sí, tienes los ojos de Etra. ¡Eres mi hijo!

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