El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

rramó. Con el fin de fortalecer el ánimo del an- ciano y temiendo que desperdiciara tan pre- ciado veneno, uno de los sobrinos le susurró: -¿Tenéis, majestad, alguna duda sobre las in- tenciones del extranjero? ¡Mirad la espada con la que pensaba mataros! ¡Qué brillante y afilada! ¡Qué aspecto tan terrible! ¡Rápido! Dadle a probar el vino; todavía puede acabar con vuestra vida. Al oír estas palabras, Egeo apartó todos los pensamientos y sentimientos que le embarga- ban, salvo la idea de que aquel hombre era culpable y en justicia debía morir. Sentado en su trono con la espalda bien ergui- da, levantó con mano firme la copa de vino y miró a Teseo con severo ceño, pues su espíritu era demasiado noble para asesinar siquiera a un traidor enemigo con una falsa sonrisa en el rostro. -¡Bebe! -ordenó, en el mismo tono severo con el que solía condenar a un criminal a ser deca-

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx