El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

la ciudad para reclamar sus derechos. La hechicera volvió a susurrar unas palabras al oído del rey, obligándole, mediante un sortile- gio, a ver la situación bajo un falso cariz. Y, por esta razón, el rey decidió permitir que Teseo bebiera el vino envenenado. -¡Bienvenido seas, joven! -exclamó-. Me enor- gullece ofrecer hospitalidad a un muchacho tan valiente. Hazme el honor de beber de esta copa. Como puedes ver, rebosa un vino deli- cioso, que solo ofrezco a aquellos que lo mere- cen. ¡Nadie es más digno de probarlo que tú! Y, diciendo esto, el rey Egeo cogió la copa do- rada de la mesa para dársela. Sin embargo, quizá debido a su mala salud, o al dolor que le producía arrebatar la vida a aquel joven (por muy malvado que fuera), o al hecho de que su corazón era más sabio que su cabeza y se es- tremecía pensando en lo que iba a hacer, por todas estas razones, la mano del rey tembló hasta tal punto que gran parte del vino se de-

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