El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-¿Acaso no ves, majestad, la confusión que le embarga? -susurró al oído del rey-. Se siente tan culpable que parece incapaz de hablar y no hace más que temblar. ¡El muy miserable ha vivido demasiado tiem- po! ¡Rápido! ¡Dale a beber el vino! Pero el rey Egeo había estado observando atentamente al joven desconocido mientras este se acercaba al trono. Había algo en él, quizá en su frente despejada, o en la hermosa expresión de su boca, o en sus bellos y dulces ojos, que le produjo la vaga sensación de ha- berlo visto antes; era como si le hubiera teni- do trotando sobre sus rodillas cuando era un niño, o le hubiera visto crecer hasta convertir- se en un hombre vigoroso, mientras él enveje- cía. Medea, sin embargo, adivinó lo que el rey pensaba y decidió impedir que se abandonara a aquellos sentimientos tan naturales, que sur- gían de lo más profundo de su corazón y que le decían con toda claridad que aquel era su amado Teseo, el hijo de Etra, recién llegado a

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