El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

pongo que el rey Egeo no creía en un método tan incómodo para rejuvenecer, o quizá se contentaba con seguir siendo un anciano, por lo que no estaba dispuesto a dejarse introdu- cir en el caldero. Si nos sobrara tiempo y no tuviéramos que tratar asuntos más importan- tes, me alegraría poder hablaros del fogoso carruaje de Medea, arrastrado por unos enor- mes dragones alados, que paseaban a la he- chicera entre las nubes. Y en aquel vehículo había llegado por primera vez a Atenas, donde solo causaba desgracias desde entonces. Pero debemos dejar sin relatar esta y otras maravi- llas, y nos contentaremos con decir que una de las muchas cosas terribles que Medea sabía hacer era preparar un veneno que mataba en el acto a todo aquel que simplemente lo roza- ra con los labios. Por esta razón, cuando el rey preguntó qué hacer con Teseo, su malvada esposa ya tenía una respuesta preparada. -Deja ese asunto en mis manos, majestad -re-

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