El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

alejarse de quienes amaba. Pero dejó que el viento y el sol secaran su rostro y continuó avanzando con decisión, jugando con la empu- ñadura dorada de su espada y dando podero- sas zancadas con las sandalias de su padre. No puedo detenerme a contaros todas las aventuras que le ocurrieron mientras se dirigía hacia Atenas. Solo os diré que, en aquella parte del reino, acabó con todos los bandidos que tanto inquietaban al rey Piteo. Uno de aquellos malhechores se llamaba Procusto y acostumbraba a divertirse de forma macabra con los pobres viajeros que caían en sus ga- rras. Fingiendo una gran hospitalidad, les invi- taba a entrar en su caverna y a descansar en un cómodo lecho. Si sus huéspedes resultaban ser más pequeños que la cama, los estiraba y estiraba con una fuerza bestial; por el contra- rio, si eran demasiado altos, les cortaba de un tajo la cabeza o los pies, riéndose como si se tratara de una divertida broma. Por esta razón, ningún viajero deseaba acostarse en el lecho de Procusto, por muy cansado que estu-

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