El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-Sí, madre -afirmó el joven sin vacilar-, ¡ha lle- gado el momento! Y Teseo se dirigió a la inmensa mole con deter- minación, tensando hasta el último de sus músculos y poniendo todo su valeroso corazón en el empeño. Luchó contra la enorme y pesa- da roca, como si de un enemigo vivo se trata- ra. Empujó con todas sus fuerzas e intentó le- vantarla, decidido a triunfar o a morir en aquel mismo lugar, convirtiendo así la piedra en su lápida eterna. Etra le contemplaba con las manos enlazadas, sintiendo un gran orgullo y, al mismo tiempo, una gran pena. ¡Y la roca se movió! Poco a poco, fue separándose de su lecho de tierra y musgo, arrancando matorra- les y flores, hasta quedar apoyada en un costa- do. ¡Teseo lo había conseguido! Mientras recuperaba el aliento, miró rebosan- te de alegría a su madre, que le sonrió con los ojos llenos de lágrimas. -¡Ha llegado el momento de separarnos, Teseo! -exclamó-. Y ahora debes coger lo que

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