El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

viejo granito. En cuanto llegaba el otoño, los árboles la cubrían de hojas secas, y a su alre- dedor crecían helechos y flores silvestres, que trepaban a gran altura por sus paredes. La roca estaba tan firmemente asentada en la tierra como si formara parte de su propio substrato. Y Teseo crecía fuerte y sano, convencido de que pronto llegaría el día en que sería capaz de mover aquella voluminosa piedra. -¡Creo que estoy a punto de conseguirlo, madre! -gritó un día tras un nuevo intento-. ¡La tierra de alrededor parece haberse agrieta- do! -¡No puede ser, hijo mío! -se apresuró a res- ponder Etra-. Aún eres demasiado joven. Y Teseo no pudo convencerla de lo contrario, a pesar de señalar el lugar donde, según imagi- naba, el movimiento de la enorme piedra había arrancado el tallo de una flor. Etra se li- mitó a suspirar y pareció preocupada, pues sin

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