El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

que poseía el don de ver en la medianoche más oscura lo mismo que a mediodía. La vista de tres pares de ojos estaba concentrada en aquel ojo único. De este modo las tres ancianas se las arregla- ban, a fin de cuentas, casi tan cómodamente como si pudiesen ver todas a un tiempo. La que tenía el ojo en la frente llevaba a las otras dos de la mano, mirando intensamente a uno y otro lado; tanto que Perseo temía que pu- diese atravesar con la vista la espesa zarza tras la cual él se había escondido con Azogue. Deci- didamente, ¡era terrible encontrarse a la vista de un ojo tan penetrante! Pero, antes de llegar a la zarza, una de las tres mujeres grises exclamó: -¡Hermana, hermana Espanto, ya hace mucho tiempo que tienes puesto el ojo! Ahora me toca a mí. -Déjamelo un momento más, hermana Pesadi- lla -respondió Espanto-. Me parece que estoy

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