El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

había empezado ya a bajar la montaña y se encontraba ahora a la sombra del bosque. Siempreviva recogió algunas hojas de laurel que, aunque habían crecido el año anterior, eran aún verdes y elásticas, como si la escar- cha y las heladas no se hubieran impuesto a su textura. Con las ramitas de laurel hizo una co- rona, le quitó el gorro al estudiante y se la puso en la frente. -Como nadie va a coronarte por tus cuentos - observó con malicia-, acepta esto de mí. -No estés tan segura -replicó Eustace, que parecía en verdad un joven poeta, con el laurel entre sus brillantes rizos- de que no voy a ganar otras coronas con estos cuentos admirables y maravillosos. Tengo intención de dedicar todo mi tiempo libre, en estas vacaciones, y en el período de verano de la universidad, a escri- birlos y prepararlos para la imprenta. El señor J. T. Fields (a quien conocí el pasado verano mientras estaba en Berkshire y que es poeta además de editor) reconocerá de una simple ojeada sus méritos poco comunes. Y les pon-

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