El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

mento y reclamaría al poeta para que fuera su jinete. -¿No tenemos a un escritor de vecino? -pre- guntó Siempreviva-. Ese hombre callado que vive en esa vieja casa de ladrillo, cerca de la avenida Tanglewood, y que a veces nos encon- tramos, acompañado por dos niños, en el bos- que o en el lago. Me parece haber oído decir que ha escrito un poema, o una novela román- tica, o un tratado de artimética, o de historia, o algún otro libro. -¡Cállate, Siempreviva, cállate! -susurró Eusta- ce, con un estremecimiento, llevándose un dedo a los labios-. ¡Ni una palabra sobre ese hombre, ni siquiera en la cima de una monta- ña! Si nuestra cháchara llega a sus oídos, y por casualidad no le gusta, no tiene más que arro- jar unas ristras de papel al horno y tú, Siem- previva, y yo, y Pimpinela, Arándano, Zanaho- ria, Ojos Azules, Trébol, Pensamiento, Mimo- sa, Flor de Limón, Junquillo, Vainilla y Campa- nilla… y, sí, el sabio señor Pringle, con sus críti-

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