El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-¡Ojalá tuviese aquí a Pegaso en este instante! -dijo el estudiante-. Lo montaría inmediata- mente y recorrería al galope la región y, en un radio de unos pocos kilómetros, visitaría a mis colegas, los hombres de letras. El doctor Dewey estaría a un tiro de piedra, a los pies de los montes Taconic. Un poco más allá, en Sto- ckbridge, vive el señor James, conocido en todo el mundo por sus innumerables obras de historia y aventuras. Longfellow, creo, ya no está en la granja de Oxbow: de otro modo, el caballo alado relincharía nada más verlo. Pero aquí, en Lenox, encontraría a nuestro novelis- ta más genuino, que ha hecho suyos el paisaje y la vida de Berkshire. En la parte más cercana de Pittsfield vive Her- man Melville, dando forma a su gigantesca idea de la Ballena blanca , mientras las formas gigantescas del monte Greylock se asoman a la ventana de su estudio. Un nuevo brinco de mi corcel volador me llevaría hasta la puerta de Holmes, a quien dejo para lo último porque Pegaso, sin duda, me descabalgaría en un mo-

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