El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

gando, con el fuego casi extinguido y lanzando bocanadas de humo negro y espeso. Sin em- bargo, la cabeza de serpiente (la única que quedaba ya) era entonces dos veces más fiera y más venenosa que nunca. Vomitaba chorros de fuego de quinientos pasos de largo y lanza- ba silbidos tan altos, tan ásperos, tan pene- trantes, que el rey Iobates los oyó a setenta y cinco kilómetros de distancia y se estremeció tanto que hasta tembló el trono en que se sentaba. “¡Ay de mí! -pensó el pobre rey-. Esto es que la Quimera viene a devorarme”. Pegaso, mientras tanto, se había parado otra vez en el aire y relinchaba colérico, echando por sus ojos chispas de un fuego puro como el cristal. ¡Qué diferente del fuego oscuro de la Quimera! Ni el espíritu del caballo aéreo ni el de Belerofonte decayeron. -¿Sangras, mi caballo inmortal? -exclamó el joven, cuidándose menos del mal propio que del de aquella criatura que no debía haber co-

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