El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
abiertas y arrastrando su cola de serpiente ho- rriblemente. Si Pegaso no hubiera sido tan ágil como un pájaro, tanto él como su jinete se ha- brían visto arrollados por la acometida de la Quimera y habría acabado el combate antes de comenzar en realidad. Pero el caballo alado no se dejaba atrapar tan fácilmente. En un abrir y cerrar de ojos se elevó casi hasta las nubes, relinchando con furia. También temblaba, pero no de miedo, sino del asco que le daba aquel ser aborrecible y ponzoñoso con sus tres cabezas. La Quimera, por su parte, se irguió hasta sos- tenerse únicamente sobre el extremo de la cola: pateaba con furia en el aire y escupía fuego a Pegaso y al jinete con sus tres bocas. ¡Cómo rugía, silbaba y bramaba! Belerofonte, entretanto, se ponía el escudo al brazo y saca- ba la espada. -Ahora, mi querido Pegaso -murmuró al oído del caballo alado-, tienes que ayudarme a matar a este monstruo; si no, habrás de volver
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