El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
“Ha de ser obra de la Quimera todo esto -pen- só Belerofonte-; pero ¿dónde está el mons- truo?”. Como ya he dicho antes, nada extraordinario se observaba, a simple vista, en ninguno de los valles y barrancos que se habrían entre las im- ponentes montañas. Nada absolutamente, salvo tres espirales de humo negro que salían de una especie de ca- verna y subían lentamente por la atmósfera, confundiéndose en una sola columna antes de llegar a la cumbre de la montaña. La caverna estaba justamente debajo del caballo alado y su jinete, a unos trescientos metros. El humo tenía un color hediondo, sulfuroso y asfixiante, que hizo resoplar a Pegaso y estornudar a Be- lerofonte. Tanto desagradaba al maravilloso caballo (acostumbrado a respirar únicamente el aire más puro) que agitó las alas y se lanzó como dos leguas lejos de aquellos molestos vapores. Pero al mirar hacia atrás Belerofonte vio algo
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