El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

como habréis visto que se posan los pájaros sobre los arbustos. -¡Muy bien, querido Pegaso! ¡Bravo! -exclamó Belerofonte, dando unas palmaditas en el cue- llo del caballo-. Y ahora, mi raudo y hermoso amigo, tenemos que desayunar. Hoy vamos a luchar con la terrible Quimera. En cuanto acabaron su comida matinal y be- bieron agua fresca de la fuente llamada de Hi- pocrene, Pegaso ofreció espontáneamente la cabeza para que su amo pudiera ponerle la brida. Luego dio muchos brincos y cabriolas aéreas, mostrando su impaciencia por em- prender la marcha, mientras Belerofonte se ceñía la espada, disponía el escudo y se prepa- raba para la batalla. Cuando estuvo todo listo, montó el jinete y (según solía hacer cuando iba lejos) subió cuatro leguas verticalmente, para orientarse mejor. Después volvió la cabe- za de Pegaso hacia el este, dirigiéndose a Licia. En su vuelo alcanzaron a un águila y pasaron tan cerca de ella que antes de que pudiera

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