El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
metros al día era cosa muy fácil para el veloz Pegaso. Aquel género de vida encantaba a Be- lerofonte y muy a gusto habría vivido siempre así, en la clara atmósfera de las alturas, en donde siempre hacía buen tiempo por muy desapacible y lluvioso que fuera abajo; pero no podía olvidar la horrible Quimera y la pro- mesa hecha al rey Iobates de matarla. Por eso, cuando hubo aprendido bien la equitación aérea y sabía manejar a Pegaso con un ligero movimiento de la mano, le enseñó a obedecer su voz y se dispuso a emprender la peligrosa aventura. Así pues, al romper el día y en cuanto abrió los ojos, dio un tironcito de orejas al caballo alado para despertarlo. Inmediatamente se alzó Pe- gaso del suelo subiendo hasta media legua de altura y dio, velocísimo, una gran vuelta a la cima de la montaña, como para mostrar que estaba bien despabilado y listo para cualquier excursión. Mientras duró ese vuelo daba fuer- tes, alegres y melodiosos relinchos, y al fin descendió junto a Belerofonte tan levemente
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