El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
villosa. Evidentemente conocía el mundo, y nada es tan encantador para un joven como un amigo con esta clase de conocimiento. Per- seo lo escuchaba con avidez, esperando au- mentar su propio ingenio con todo lo que oía. Por fin recordó que Azogue había hablado de una hermana suya, que había de prestar ayuda en la aventura que acababan de em- prender. -¿Dónde está? -preguntó-. ¿La encontraremos pronto? -En cuanto la necesitemos -dijo su compañe- ro-. Pero debo advertirte de que esta hermana mía es completamente distinta de mí. Es muy seria y muy prudente; no sonríe casi nunca; no se ríe jamás, y tiene por regla no pronunciar ni una palabra cuando no tiene algo muy impor- tante que decir. Tampoco escucha conversa- ción alguna que no sea totalmente razonable. -¡Pobre de mí! -exclamaba Perseo-. No me atreveré a pronunciar ni una sílaba delante de
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