El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
a perder el aliento. -¡Vamos! -exclamó al fin Azogue, que de sobra sabía, pues era listo, el trabajo que al mucha- cho le costaba seguirle a su paso-. Toma este bastoncito, que me parece que lo necesitas bastante más que yo. ¿No hay en la isla de Se- rifo mejores andarines que tú? -Mejor podría andar -dijo Perseo mirando atrevidamente los pies de su compañero- si tuviese un par de zapatos con alas. -Buscaremos un par para ti -respondió Azogue. Pero el bastón ayudaba tanto a Perseo que no volvió a sentir el menor cansancio. Parecía estar vivo en su mano y comunicarle algo de su vida. El joven y Azogue andaban ahora al mismo paso, con la mayor facilidad, hablando amistosamente; Azogue contaba his- torias tan divertidas sobre sus aventuras ante- riores, y sobre lo bien que su ingenio le había servido en muchas ocasiones, que Perseo em- pezó a considerar que era una persona mara-
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