El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Belerofonte le acarició la cabeza y le dijo unas cuantas palabras con tono de autoridad, pero con cariño, vio en los ojos de Pegaso una mira- da distinta, como si le placiera haber encon- trado, al cabo de tantos siglos, un amo y com- pañero. Esto ocurre siempre con los caballos alados y con las criaturas indómitas y solitarias como ellos. Si podéis atraparlas y dominarlas, es el mejor camino para lograr su cariño. Mientras Pegaso hizo todo lo posible por sacu- dirse de encima a Belerofonte, había recorrido una distancia muy grande, y ahora, ya con la brida puesta, estaban llegando ante una mon- taña altísima. Belerofonte ya había visto antes esa montaña y supo que era el Helicón, en cuya cima vivía el caballo alado. Allá voló Pe- gaso (después de mirar dócilmente a su jinete, como preguntándole si lo permitía) y, al posar- se, esperó pacientemente a que Belerofonte quisiera apearse. El joven saltó de los lomos de su caballo, sin dejar de sujetarlo por la
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