El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
rofonte quedaron donde debía estar la cabeza y parecía que miraba al cielo hacia abajo, en vez de mirarlo hacia arriba. Pegaso volvió la cabeza violentamente y, mirando a Belerofon- te a la cara, como si echara fuego por los ojos, hizo un terrible esfuerzo por morderle. Sacu- dió las alas con tal violencia que una de las plumas de plata se desprendió y cayó a tierra, donde la cogió el niño, que la guardó toda su vida como recuerdo de Pegaso y Belerofonte. Este último (que según podéis apreciar, era tan buen jinete como el mejor domador de potros) estuvo acechando la oportunidad fa- vorable, y al fin encajó el bocado de oro de la brida encantada entre las quijadas del caballo alado. Apenas lo hubo hecho, Pegaso se volvió tan manejable como si toda su vida hubiera comido de la mano de Belerofonte. A mí, casi me da pena ver tan súbitamente domada a una criatura tan salvaje. Pena debía sentir Pe- gaso también. Miró a Belerofonte con lágrimas en los hermosos ojos, en vez del fuego que poco antes despedían; sin embargo, cuando
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