El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

tiempo para respirar, Belerofonte se encontró levantado a una altura de sesenta metros, y aún más mientras el caballo con alas resopla- ba y se estremecía de terror y de cólera. Hacia arriba fue, arriba, arriba, arriba, hasta hundir- se en el húmedo seno de una nube, que Bele- rofonte había contemplado un poquito antes, imaginándosela como un lugar muy agradable. Después, fuera ya de la nube, Pegaso se dejó caer como un rayo, como si quisiera estrellar- se con su jinete contra una roca. Luego hizo un millar de las cabriolas más salvajes que jamás hayan podido hacer pájaro ni caballo alguno. No podría contaros ni la mitad de lo que hizo. Se deslizó rápidamente hacia delante, a los lados y hacia atrás. Se paró con las patas de- lanteras en un jirón de neblina y las de atrás en nada absolutamente. Coceó furiosamente y bajó la cabeza, metiéndola entre las manos, con las alas apuntando derechas al cielo. A un par de leguas de altura sobre la tierra dio un salto mortal, de manera que los pies de Bele-

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