El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

puro entretenimiento, y eso hizo Pegaso, aun- que le costaba algo más tener los cascos tan cerca del suelo. Mientras, Belerofonte, sin sol- tar de la mano al niño, se asomó fuera del bos- caje y pensó que no había visto cosa más her- mosa ni ojos de caballo tan vivos e inteligentes como los de Pegaso. Parecía un pecado pensar en ponerle una brida y cabalgarlo. Una o dos veces se paró Pegaso, aspirando fuertemente el aire, levantando las orejas, es- tirando el cuello y volviéndose a todos lados, como recelando algún mal. Como no vio ni oyó nada, pronto volvió a sus juegos. Por fin, y no porque estuviera cansado, sino de puro satisfecho y desocupado, plegó las alas y se tumbó sobre la verde pradera; pero, como rebosaba de vida aérea y no podía estarse quieto mucho tiempo, comenzó pronto a re- volcarse sobre el lomo, alzando al aire sus finas patas. Era hermoso ver a aquella criatura única y solitaria, cuyo compañero no había

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