El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

Sorbía el agua con grandes suspiros de satis- facción y tranquilas pausas de contento; luego daba otro sorbo, y otro y otro; ni en toda la tierra ni en las nubes había agua que agradara a Pegaso tanto como aquella de Pirene. Cuan- do hubo saciado la sed, tronchó con los dien- tes unos cuantos brotes de trébol y los sabo- reó delicadamente, pero sin comer muchos porque las hierbas nacidas entre las nubes, en las altas laderas del monte Helicón, convenían a su paladar mejor que aquel pasto ordinario. Después de haber bebido así hasta satisfacer- se y de haberse dignado comer un poquito por cumplir, el caballo alado se puso a brincar de un lado a otro y a danzar, como entregado por completo a la holganza y al juego. Nunca hubo criatura más juguetona que aquel Pegaso. Sa- cudía sus grandes alas como un pajarillo, daba carreritas medio por tierra, medio por aire, que no sé si llamar vuelos o galopes. Cuando una criatura es capaz de volar perfec- tamente, prefiere en ocasiones correr por

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