El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

de tierra. Belerofonte cogió al niño en brazos y se apartó con él, hasta que ambos quedaron ocultos entre el espeso bosquecillo de arbus- tos que crecía alrededor de la fuente. No por- que tuviese miedo de ningún daño, sino por- que, si Pegaso llegaba a verlos, podía irse vo- lando y posarse en alguna montaña inaccesi- ble. Porque era, realmente, el caballo alado. Después de esperarlo tanto tiempo, llegaba, al fin, a apagar su sed con el agua de Pirene. Se acercaba la aérea maravilla describiendo grandes círculos, como habréis visto hacer a las palomas cuando van a bajar a tierra. Hacia abajo iba también Pegaso, y los amplios y ma- jestuosos círculos eran cada vez más y más es- trechos a medida que se aproximaba a tierra. Cuanto más cerca se le veía, más hermoso pa- recía y más maravillaba el batir de sus alas pla- teadas. Finalmente, con tan ligera presión que apenas aplastó la hierba que crecía alrededor de la fuente, pues ni dejó huella de sus cascos en la arena de la orilla, se posó en tierra y, ba- jando la indómita cabeza, comenzó a beber.

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